Truman, el legado de la amistad

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por leandro chico | @leanchico | mas notas del autor

El valor primordial que debe tener cualquier persona que consideremos “hermano de la vida” es estar presente “en las malas”, cuando hay dolor y necesitamos la compañía de quienes más nos conocen para calmarlo. Truman es una película íntima, cercana y profunda sobre la amistad y sobre cómo esos lazos solidarios construidos a través de los años terminan exponiéndose descarnadamente en momentos duros.


Este film, dirigido por Cesc Gay y protagonizado por Ricardo Darín, Javier Cámara y Dolores Fonzi, nos hace testigos de cuatro días clave de fuerte impacto emocional en la vida de Julián (Darín) y Tomás (Cámara), quienes han sido mejores amigos y que, luego de estar separados durante mucho tiempo, se reúnen en España.

Julián, quien atraviesa una enfermedad terminal, recibe inesperadamente la visita de Tomás en su casa de Madrid. Es actor, vive allí con su perro Truman (Troilo), es monitoreado todos los días por su prima Paula (Fonzi) y atraviesa horas decisivas ya que ha tomado una decisión drástica respecto al tratamiento que cursa para mejorar su salud. La llegada sorpresiva de su amigo, proveniente de Montreal, sacude positivamente su situación actual, si entendemos que ambos se permiten aflorar el cariño inmenso que se tienen y modificarse por la urgencia de una virtual despedida.

Tomás se vuelve el acompañante de Julián por 96 horas: es su espectador, su asistente, su benefactor. Está ahí para ponerse en un segundo plano, tal como nos ponemos los espectadores con la historia, que nos convoca a la empatía desde el primer instante, por ser mínima y universal al mismo tiempo. El conflicto es acotado porque el núcleo dónde se desenvuelve lo forman quienes son considerados “familia”, dentro y fuera de lo sanguíneo. Y todo es más verdadero aun para la audiencia cuando descubrimos el rol fundamental de nuestro amigo más silencioso y presente, esa mascota que nos da amor sin pedirnos nada a cambio más que alimento y cobijo, en este caso llamado Truman.

Cesc Gay, también encargado del guión junto a Tomás Aragay, nos pone en este momento crucial de la vida de Julián para desbaratar sus sentimientos de la manera más simple que hayamos visto. Es decir, a partir de una situación crítica de salud que atraviesa, los textos y las imágenes elegidas poseen la carga dramática justa; la intensidad en las escenas fluyen naturalmente, reprimida por momentos, excedida por otros, según el control que logre tener sobre sus emociones, como nos ocurre a todos, en realidad.

Truman

Cada interacción entre los protagonistas son disparadores de convulsiones internas, de reflexiones y replanteos que se traducen en miradas profundas, gestos delicados y decisiones inesperadas. Por eso, Ricardo Darín se juega a componer un personaje de enorme complejidad interior con el tono justo, creíble, como nos tiene acostumbrados ya en sus participaciones en comedias dramáticas (el ejemplo más patente es su magistral actuación en Un Cuento Chino). Julián tiene que lidiar con varias relaciones cercanas al mismo tiempo, mientras define su propio destino, un proceso del que sólo Darín podría haber salido airoso y triunfante.

Javier Cámara tiene un plus que es la credibilidad de su ternura; tal como lo desplegó recientemente en la entrañable Vivir es fácil con los ojos cerrados (2013), nos compra con esa mirada genuina y transparente que completa su interpretación de protector incondicional en el papel de Tomás. Supeditado todo el tiempo a lo impredecible de su visita, a la incomodidad por lo que le toca vivir a su amigo, lo transita con tanta naturalidad que pareciera que la amistad entre los dos protagonistas varones trasciende la pantalla grande. Mérito de ambos.

Por su parte, Dolores Fonzi cierra el triángulo con una performance destacada, ya que debe lidiar con el desborde que siente al cuidar la salud de Julián pero también con el sacudón que le produjo la llegada de Tomás a escena. En cada aparición, la actriz argentina se enfrenta con desafíos distintos e intrincados pero, sin embargo, logra pasar por cada uno de ellos con destreza y confianza.

Ahora bien, la pieza fundamental que sostiene el relato es Truman. ¿Cómo es posible? ¿En qué medida un perro se vuelve en guía y espíritu de la historia? Nada que no sepamos los que alguna vez tuvimos y amamos a una mascota: su bienestar y futuro es tan importante para Julián como su propia vida y es la fragilidad de esta misma lo que hace imperioso dar garantías al porvenir del animal.

Desde un lugar silencioso y pasivo, Truman vive su propia experiencia de estos cuatro días agitados en la vida de Julián, Tomás y Paula. Internaliza las alegrías y tristezas de los amigos pero, además, tiene que elaborar sus temores y dudas, un poco porque los humanos lo ponen en ese lugar. Pero el más fiel de todos sabe que la suerte que le toque hará honor al amor que se construyó desde pequeño entre él y su padre de la vida.

Truman es Julián. Truman es Tomás. Truman es Paula. Podría ocupar el rol de cada personaje porque es el símbolo mismo de la amistad, de quién está sin ser llamado y que no pide nada a cambio más que amor. Por eso la película llega al corazón: pocas cosas son tan preciadas como las amistades incondicionales y para toda la vida.