Madres e hijos: reparar el pasado, construir el futuro

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por leandro chico | @leanchico | mas notas del autor

Hacía rato que no iba al teatro “en blanco”, sin saber mínimamente de qué se trataba la obra o con alguna expectativa motivadora. Solo hubo ganas de disfrutar de una salida en compañía y apelar a la sorpresa. Madres e hijos quedó resonando en mi cabeza porque no esperaba nada y me fui con todo.


La pieza, escrita por el dramaturgo norteamericano Terrence McNally, está situada 20 años después de los hechos transcurridos en Andre’s Mother (La Madre de André, que le valió un premio Emmy al autor), un film producido para la televisión estadounidense emitido en 1990 que narraba la historia de Katharine Gerard, quien luego de perder a su hijo por el VIH/sida, asistió a un servicio en su homenaje en Manhattan donde también estaba Cal Porter, pareja y acompañante de André hasta el día de su muerte. El dolor, el resentimiento y el prejuicio empañaron su duelo en ese momento crucial que la marcó para siempre.

Como ahora su propia vida se ha derrumbado, Katharine (Selva Alemán) decide ir a buscar a Cal (Sergio Surraco) y presentarse en su domicilio sin previo aviso. Quizás el impulso de no saber hacia dónde dirigirse la llevó a la casa del hombre que amó y acompañó a su hijo en sus últimos años de vida, una persona a la que ella nunca había aceptado y con quien, evidentemente, quedaron cuentas pendientes.

Irónicamente para ella, Cal vive felizmente y en armonía con su marido, Will (Nicolás Francella), ambos padres de Bud (Guido Kañevsky, aunque el personaje es encarnado alternativamente también por Manuel Cumelén Marcer y Juan Ignacio Martínez), en un departamento frente al Central Park de Nueva York. La vista privilegiada de la vivienda se vuelve el tema que rompe el hielo entre Katharine y Cal al verse por primera vez después de tantos años: desde allí, se ve el lugar mismo donde se realizó el servicio en homenaje a André.

Tensión, incomodidad, sentimientos de todo tipo contenidos por ambas partes durante años. Un duelo irresuelto y un nombre, André, que los unió y luego los separó para siempre entre el rencor y la tragedia. Katharine y Cal se enfrentan finalmente el uno al otro luego de años de postergación, de esconder lo que les había pasado, sobre todo para esa madre que busca desesperadamente darle un sentido a su vida ahondando en el pasado de su único hijo, que fue un completo desconocido para ella.

aviso de madres e hijos

¿Existe algo más sanguíneo, complejo e inevitable que los lazos de familia? Terrence McNally actualiza con agudeza y una síntesis efectiva esta historia que nació en los años ’90 y que hoy roza un contexto social diferente. El autor expone las peores miserias humanas en un libro conmovedor mientras que los actores ponen la palabra y el cuerpo para eso que estuvo contenido durante años. El director Luciano Suardi logra representar con justicia tamaña empresa y controlar las acciones que parecen ir más allá de los límites de ese departamento de Manhattan que ampara a la narración.

Selva Alemán no se equivocó al rechazar la propuesta de los productores de la serie estadounidense The Walking Dead y quedarse con este proyecto: el retrato de Katharine es un desafío extremo, aunque no cualquiera puede atravesarlo con grandeza y verdad como ella. La actriz resuelve magistralmente la oscilación entre la represión y el estallido de emociones y puede transmitirnos con una sola mirada la revolución que se juega en su interior. Como contrapunto y fuera de los estereotipos, Sergio Surraco también logra conmovernos porque Cal necesita imperiosamente ser oído, al tiempo que los recuerdos evocados lo modifican constantemente. Sus diálogos con la madre de André sostienen el relato y, satisfactoriamente para la audiencia, el actor penetra con sus palabras gracias a su maravillosa interpretación y a su perfecta dicción.

Nicolás Francella, en su debut teatral, compone a un adorable y sumamente creíble Will. Con un tono más afable y sin el peso de cargar con la mochila que sí llevan los otros dos protagonistas, el joven actor nos entrega los momentos de humor y distensión necesarios para sobrellevar el drama, como le ocurre a su personaje, que toca de oído la historia que transcurre frente a sus ojos pero termina involucrándose ya que es su hogar el lugar de la escena y su amado a quien ve sufrir al remover el doloroso pasado. El pequeño Guido Leonel Kañevsky, a través de Bud, nos conecta con la inocencia, con la esperanza y con el amor más genuino.

Con la promesa de que el espectador no sale del teatro siendo el mismo, Madres e hijos se vuelve imprescindible para los amantes del teatro y para aquellos que quieran desterrar preconceptos y ver desnudas las relaciones humanas y familiares de la forma más honesta. De hecho, puede que la transformación que viven los personajes de esta obra apasionante y la resignificación de verdades también te toque a vos. Yo llegué “en blanco”, me fui color esperanza.

Madres e hijos. De Terrence McNally. Versión de Fernando Masllorens y Federico González Del Pino. Dirigida por Luciano Suardi. Con Selva Alemán, Sergio Surraco, Nicolás Francella, Juan Ignacio Martínez, Guido Kañevsky y Manuel Cumelén Marcer. En Multiteatro, Av. Corrientes 1283. Entradas a la venta por Plateanet.com o en la boletería del teatro.