Un salvaje corazón que ahora está seguro

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GUSTAVO CERATI (1959-2014)

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por leandro chico | @leanchico | mas notas del autor

Era difícil acostumbrarse a la idea de no volver a escuchar una nueva producción del maestro o no volver a verlo tocar en vivo con esa pasión y compromiso que lo caracterizaba. Sus seguidores confiábamos en que su “fuerza natural”, su don artístico, sensibilidad -o lo que sea que sirviera de consuelo- podían salvarlo. El héroe del rock-pop latinoamericano por tres décadas, el infalible, tenía que despertarse para continuar creando.


Desde el accidente cerebro vascular que sufrió en Caracas, Venezuela, el 15 de mayo de 2010, su madre, Lilian Clark, fue la persona del círculo íntimo del artista encargada de transmitir las noticias sobre su salud, con templanza y espíritu optimista. Mantenía encuentros con seguidores que se acercaban a la clínica de internación y brindaba entrevistas ocasionales con medios de comunicación, debido a la alta demanda de información que existía acerca de la salud de su hijo.

Fueron cuatro años en los que la idea de daño irreversible estuvo bajo la sombra de la esperanza alimentada por Clark en sus apariciones públicas y por los miles de fans que se expresaban a favor de “verlo volver”, tanto mediante su presencia en la puerta de la Clínica ALCLA como a través de las redes sociales. Todo un símbolo al respecto fue el mural inaugurado en 2012 el día del cumpleaños del músico en una de las paredes del Instituto San Roque, en Villa Ortuzar, Buenos Aires, donde había dado sus primeros pasos en la música.

La ilusión se apagó entre las 9 y las 10 de la mañana del jueves 4 de septiembre, cuando Gustavo Cerati falleció como consecuencia de un paro respiratorio. Pocos minutos después de que se diera a conocer la triste noticia, comenzó a manifestarse un reconocimiento social instantáneo por su obra: miles de mensajes de pesar y condolencias por redes sociales, cobertura periodística nacional e internacional y una movilización masiva que tuvo su epicentro en la Legislatura Porteña. Allí, se congregaron sus seguidores desde muchas horas antes de comenzado su velatorio y hasta el mediodía del día siguiente, cuando partió el cortejo fúnebre hasta el cementerio de la Chacarita.

Durante esa despedida, colmada de gente de distintas edades, que esperaba su turno para decirle adiós a su ídolo, incluso bajo la lluvia, se cristalizó el alma misma de la carrera de Cerati, es decir, su música. Se hablaba de eso y no de otra cosa: lo que representó su figura para el rock nacional y latinoamericano, recuerdos de recitales, el vacío que deja su partida en la escena local, los revolucionarios años ’80; aplausos en el Salón de Honor del Palacio Legislativo, donde estaba su féretro; canciones de Soda cantadas por la multitud entre la congoja y el fervor. Así lo recordaban y no de otra manera.

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Mucho más queda

Gustavo Cerati constituye la figura de un artista completo: extraordinario cantante, guitarrista, compositor y productor. No tenía fisuras. Él fue líder y principal artífice de Soda Stereo, la banda de rock-pop más influyente, con mayor éxito y pionera en alcanzar la masividad en toda América Latina.  De él dependen discos considerados lo mejor que se haya realizado alguna vez en la escena musical de la región, sobre todo gracias a Signos (1986), Canción Animal (1990) y Sueño Stereo (1995). Innumerables himnos como “Nada personal”, “Juego de seducción”, “De música ligera”, En la ciudad de la furia”, “Sobredosis de TV”, “Cuando pase el temblor”, “Prófugos”, “Zona de promesas”, “Té para tres” -con perdón por la injusta síntesis- son su cosecha más fértil y perdurable.

Como si esto no alcanzara para convertir su carrera en memorable, forjó un recorrido solista (1993-2010) exquisito y audaz. “Tengo un nivel de autocrítica importante. Si suelto algo, tiene que ser algo de lo que tengo que estar orgulloso. No encontré ninguna llave y sigo siendo un trabajador”, dijo en  una entrevista televisiva, pocos días antes de sufrir el ACV.

Se fue ampliamente reconocido y seguido por miles de personas. Conquistó mercados impensados para un artista de rock argentino y marcó varios hitos artísticos y de concurrencia. Sólo como ejemplo, en abril de 2002, irrumpió en el Teatro Colón con un concierto inolvidable que brindó junto a la Sinfónica Nacional, cuando presentó su trabajo 11 Episodios Sinfónicos. Cómo olvidar incluso los multitudinarios shows gratuitos en la Avenida 9 de Julio (en 1991, en el contexto del éxito comercial y de críticas de Canción Animal, frente a 250.000 personas) y en Avenida Figueroa Alcorta y Pampa (el 10 de marzo de 2007, como parte de la gira de Ahí Vamos, con casi 200.000 espectadores), en el que cumplió su sueño de tocar junto a Luis Alberto Spinetta, su ídolo.

El legado de Cerati es tan infinito que se vuelve imposible acopiarlo en tan pocas líneas o conmensurar su magnitud de aquí al futuro. No es casual que su despedida haya condensado los ecos de su carrera artística. Como alguna vez dijo, la música habla por él.