Boyhood nos devuelve allí donde todos pertenecemos

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por leandro chico | @leanchico | mas notas del autor

Pelarnos con nuestros hermanos, ir de campamento, pintar las paredes o mirar pornografía a escondidas, presenciar discusiones entre nuestros padres, mudarnos y cambiar de escuela, elegir nuestra vocación, enamorarnos y equivocarnos. Uno de los estrenos de esta semana revoluciona los estándares cinematográficos con un cuento que conocemos al dedillo pero planteado con una audacia pocas veces vista.


Resulta imposible vivir la experiencia Boyhood sin entusiasmarse con la premisa que haya sido filmado durante 12 años y que nos permita ser testigos del crecimiento de un niño de seis años hasta su llegada al umbral de la adultez. Tan sólo plantearnos la idea de practicar ese ejercicio con nosotros mismos -esto es, rememorar nuestra historia en la infancia y la adolescencia- nos parece agotador e inabarcable, quizás porque nuestra mirada sobre los recuerdos de un trayecto de tantos años son hoy meras fotografías sueltas de eventos no siempre recopiladas con justicia por nuestra mente.

Es porque no contamos con la experiencia del momento, con el registro contextualizado, al que Richard Linklater le sacó el provecho suficiente para acabar con un relato maravilloso sobre cómo crecemos, nos vinculamos con nuestra familia, perdemos la inocencia, nos insertamos en la práctica social y nos enfrentamos a las responsabilidades.

La película fue filmada durante 39 días aunque distribuidos -como mencioné al comienzo- a lo largo de 12 años, con los mismos protagonistas, que transforman su fisonomía y se amoldan con una naturalidad excepcional a la narración, más allá del prolongado tiempo que su realización conllevó.

Linklater, como director y escritor, ofrece un sentido viaje a través de los ojos de Mason Evans Jr. (Ellar Coltrane), que nos es presentado a los seis años viviendo junto a su abnegada madre Olivia (Patricia Arquette) y su belicosa hermana mayor Samantha (Lorelei Linklater). El pequeño soñador –para quien su futuro le tiene deparada una faceta artística que desandará en su adolescencia- tiene que enfrentarse con la realidad de ver esporádicamente a su padre (Ethan Hawke) y con una mudanza inminente a Houston, Texas, donde su crecimiento le tiene preparado sorpresas de todo tipo, incluyendo las dolorosas.

Uno de los tantos méritos de la película es su manifiesta fluidez durante los 165 minutos de duración, potenciada por un guión que acentúa situaciones mínimas de la vida cotidiana con impacto universal. Es por eso que, como espectador, se hace imposible escapar a la constante interpelación que propone la historia.

Boyhood
Linklater y los protagonistas de Boyhood

A diferencia de la celebrada trilogía romántica que tuvo su última parte en Antes de la Medianoche (2013), con Hawke también como estrella, donde Linklater prolongaba conversaciones entre la pareja principal hasta límites insospechados con el solo fundamento de tratarse de intercambios de gran sinceridad y verdad, Boyhood se apropia de la misma autenticidad de guión –ya marca registrada del director- pero ahora expuesta al devenir del tiempo.

Los 18 años que separan el inicio del final en la saga Antes evidencian la fascinación de Linklater por la transformación de las historias de vida a través de los años. Pero el proyecto que dio a luz a Boyhood fue más allá y buscó capturar los momentos transcendentales del crecimiento de una persona en continuidad, con una cohesión admirable. El director logró encadenar naturalmente las distintas etapas de la juventud de Mason con oportunos anclajes –ciertamente de espíritu documental- en temas de relevancia política, en hitos de la cultura de masas y referencias a las nuevas tecnologías que modificaron las relaciones humanas entre 2002 y 2013, sin perder por ningún momento el hilo de cómo el protagonista forja su personalidad y convive con los giros abruptos que se dan en el seno de su familia.

El relato de una experiencia de vida contada a través de situaciones habituales, sin caer en lugares comunes ni golpes bajos, no hubiera sido tan efectivo si no contara con actuaciones que sostengan ese registro. Por supuesto, los resultados fueron brillantes. Ellar Coltrane le presta su cuerpo y juventud misma al film y entrega un Mason creíble, entrañable, gracias al cual pasará a formar parte de la historia del cine. Patricia Arquette, con sutileza y profundidad, construye a la perfección a Olivia, el personaje más complejo y vertiginoso de la historia, no sólo por los cambios que atraviesa y su capacidad de resiliencia manifiesta sino además por llevar adelante la difícil tarea de guiar la vida de dos hijos. La actriz es, sin dudas, una firme candidata a ser nominada al premio de la Academia por esta performance. Por su parte, Ethan Hawke, actor fetiche del director, se acomoda con facilidad en el rol de padre afectuoso pero ausente que, con los años, busca reparar los errores del pasado. Lorelei Linklater, en cambio, acompaña correctamente en un trabajo que, al igual que Coltrane, tuvo lugar paralelamente a su crecimiento en la vida real (se trata de la hija del director).

La nostalgia del camino recorrido es acompañada por un sinfín de canciones que nos convoca a una emoción integral, desde la primera escena con “Yellow” de Coldplay hasta los créditos finales con “Deep Blue” de Arcade Fire, pasando por temas de Paul McCartney & The Wings, The Black Keys, Pink Floyd, Sheryl Crow, Gotye y Bob Dylan, entre tantos otros grandes artistas.

Boyhood encapsula momentos de la niñez y adolescencia con honestidad y verdad en un trayecto que no descansa, que provoca una intimidad entre el relato y el espectador como consecuencia de un trabajo impecable de construcción narrativa a largo plazo de perfil documental. Nos pone a reflexionar sobre nuestro pasado inmediato y la manera en que crecimos, en el mismo momento en que fue ocurriendo y como nadie lo había hecho antes.